martes, 27 de septiembre de 2011

La torta que llegó para quedarse

Hace muchos años Radio 6.20 de la Ciudad de México, la estación con “la música que llegó para quedarse”, transmitía por las tardes un programa conducido por el ingeniero Raúl Vega, en el que el locutor recordaba anécdotas, personajes, situaciones e historias de los años 40 y 50 en México, en sintonía con un selecto programa de música instrumental y de grandes bandas. Su frase distintiva al concluir cada una de sus cápsulas era: “esto es motivo para decir: gracias por el recuerdo”.

Yo era fanático de ese programa, y generalmente lo escuchaba en el auto, camino a mis clases en la UNAM. Seguramente esta confesión será motivo suficiente para que Cynthia Martínez, del restaurante San Miguelito, en Morelia, confirme su creencia de que los conciertos a los que fui de adolescente fueron los de Agustín Lara y los de Pedro Vargas, en la XEW…Ya ni hablar, mi querida Cynthia.

Con su prosa puntual, siempre sibarítica, Celia Marín nos brinda en su más reciente entrega de su columna semanal De restaurantes y más, en la sección Menú, de El Universal, un delicioso comentario en torno a las tortas de Don Polo, uno de los sitios de especial relevancia en la crónica gastronómica del sur de la Ciudad de México.

Como bien nos lo hace sentir Celia, el establecimiento ubicado sobre Félix Cuevas, a un costado de la Unidad habitacional Miguel Alemán, es un sitio que aún nos deja vivir en pleno una de las grandes tradiciones alimentarias de los capitalinos: la de la cotidiana y suculenta torta.

Para otros es eso y mucho más. Don Polo sigue siendo testimonio de una época dorada, suspiro y resaca del alemanismo donde todo, por supuesto, llevaba el nombre de Miguel Alemán.

Cuando considero esos “nuevos” complejos habitacionales que consignaba Salvador Novo en su Nueva Grandeza Mexicana, no puedo dejar de pensar en la Unidad Miguel Alemán, registrada además en diversos filmes de los 50, 60 y parte de los 70, como ejemplo fidedigno del llamado “Milagro mexicano”.

En los 60 mi familia vivía en la colonia Portales, en la calle de Saratoga. Era los tiempos cuando todavía las señoras salían a barrer la banqueta y el lechero de la Canaleja llegaba con sus botellas de vidrio, con leche de la que hacía nata. Tengo muy presente esas escenas, porque era en el lapso en que esperaba el transporte para ir a la escuela, el Simón Bolívar, en Avenida Universidad.

México sabía en aquel entonces a Olimpiadas. Una noche, ya en la cama, oí que mi padre decía por teléfono (había sido motivo de festejo cuando por fin consiguió una línea para la casa) que no había podido llegar con mi mamá a un compromiso por un “relajo” que había habido en Tlatelolco.

Avenida Popocatépetl olía a chocolate en las tardes, sobre todo las de los viernes, cuando caminaba con mi hermana y mi mamá por esa calle y pasábamos por la fábrica de chocolates Wong’s, alimento de muchas fantasías infantiles sin mínima referencia a Willie Wonka. Recuerdo esos viernes por era precisamente el día en que teníamos derecho a comprar una golosina, siempre y cuando te hubieras portado bien durante la semana y hubieras cumplido con la tarea.

Popocatépetl tenía camellón y dos sentidos, lo mismo que Félix Cuevas, donde alguna vez corrió el tranvía, incluyendo ése donde viajó la ilusión de Luis Buñuel, llevando en él a mi adorada Lilia Prado.

Hay dos restaurantes que guardan la atmósfera de la colonia Del Valle de mi infancia. Uno era las hamburguesas Mr. Kelly’s, justo entonces frente al portón del Simón Bolívar. El reto en esa época era burlar la “estricta” vigilancia de los cuidadores de la puerta del colegio para atravesarte la avenida y comprarte unas papas, un refresco, una hamburguesa, antes de que saliera el transporte escolar o tus papás llegaran.

Lucir el vaso del Mr. Kelly’s era como botín de guerra ante los ñoños que no habían podido o no se habían atrevido a cruzar la avenida. En aquellos años era además famoso el cómico de radio Manuel Siordia, “Mr. Kelly”. La leyenda escolar decía que el negocio era de su propiedad. Algún niño incluso aseguraba que Siordia solía frecuentarlo, aunque como ocurría entonces, en los días de la radio, la gente era famosa por su voz, no por su rostro; así prácticamente era imposible identificarlo.

Don Polo se remite a un mundo familiar. Llegábamos en el Valiant de mi papá por una avenida Félix Cuevas semidesierta, donde el mayor peligro fue por muchos años la “Venta Monstruo” de la departamental De Todo. Mi papá daba la vuelta en U para estacionarnos casi siempre frente a la tortería, con sus flamantes muebles de aluminio y su barra para venta a la calle. El olor a vinagre de sus deliciosos chiles encurtidos era signo inequívoco de la llegada a la meca de las tortas.

Entrar al salón era lo máximo, con esa imagen de cafetería americana que me recordaba las películas gringas de la guerra y la posguerra. Sólo en contadas ocasiones nos tocó comer en el salón de arriba, francamente desangelado ante el movimiento en el salón principal y la voz de meseros y meseras cantando las órdenes.

Una de las cosas que me fascinaban de esa tortería Don Polo de mi niñez era su barra. Casi estoy seguro que fue ahí donde me enamoré de las barras de las cafeterías, como el punto donde se es testigo de la historia interna del establecimiento, donde se conoce y se hace incluso amistad con los meseros, donde se conocen los chismes del lugar, incluyendo las historias de otros parroquianos frecuentes.

Creo que fue esa barra la que abrió mi fascinación por esos espacios en los que, dicho sea de paso, hay que ganarse el lugar como cliente de casa. Después ese gusto lo extendí por las barras de las cantinas, pero ésa es otra historia, como decía Loló Navarro.

Celia Marín nos hace una sucinta y riquísima relación de algunas estelares de Don Polo: la cubana, con su background panamericanista, o la imperdonable de milanesa, apología irrebatible de la torta chilanga, con su dosis de ingenio, picardía, sabores y aromas atávicos, y arrojo de esas rajitas encurtidas con verduras, como sólo se hacen en el DF.

En su columna, Celia Marín nos hace recordar una de las grandes tradiciones gastronómicas del México, pero también nos lleva a revivir esa magia capitalina que a veces nos parece perdida, pero que nunca muere. Ahora sí que “eso es motivo para decir: gracias por el recuerdo”.

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